LA JUNGLA Y EL METRO

CRÓNICAS DEL METRO

Por: Claudia Rio

Como cada día me toca ser usuaria del metro te permite dos cosas, la primera tener el suficiente espacio en tu mente para saber con exactitud que harás al día siguiente, la segunda y  más importante es que sin necesidad de pagarle a ningún gimnasio ejercitas  voluntariamente a fuerzas; sobre todo cuando transbordas.

Antes de exponer mis transbordos me gustaría compartir que ya existen nuevas formas de asaltar y eso sin la necesidad de usar armas de ningún tipo, yo creo que los mexicanos además de agachados nos hemos vuelto muy asustadizos y eso  lo aprovechan los que piden dinero. No tengo claro alguna clasificación para ellos, pero el hecho de darle dinero a alguien por medio de la intimidación  se llama asalto, así sucedió en Oceanía, no uno ni dos sino cinco tipos en camiseta entraron abruptamente y en un tono agresivo nos dijeron que ya no les permiten saltar entre vidrios (como si fuera agradable verlos), por lo que pedían cooperación, imaginen, cinco personas estratégicamente distribuidas en todo el vagón y con cara de matones obvio te asustas.

Una vez llegando a mi destino que es pantitlán subo las escaleras de la línea 3 para llegar a la 9. Si, esas kilométricas escaleras no aptas para infartados; yo se que existen trasbordos más extensos como la línea 7 a la cual llamo infernal no porque sea desagradable si no porque si cavan más profundo llegan al infierno.

El punto es que esas escaleras son eléctricas, en cambio las de la línea 3 no; y si de por sí ya es extraordinario ese trayecto por lo largo y extenso ahora imaginen la hora pico, si, esa terrible hora pico en la que tal parece que dejamos de ser personas para convertirnos en el planeta de los simios (perdón si ofendí a estos inteligentes primates),  pero en verdad el camino es realmente sinuoso y no porque esté lleno de rocas si no de personas, en serio señoras es una súplica y sin importar sus tendencias religiosas ya somos muchos… piedad.. plis… ya usen  anticonceptivos, ya no cabemos.

Volviendo al tema lo extraordinario son los niveles de subsistencia que tenemos día con día; el colmo de la inconciencia es cuando algún usuario se pone a hablar con su celular como si estuviéramos muy despejaditos o peor aún que se pongan a chatear con el whatapp  como si no pudieran hacerlo en otro momento; si se tratara de alguna  emergencia santo y bueno; pero es solo para pasar el tiempo; no sé a qué niveles de desesperación llegamos que pretendemos sumergirnos en la soledad de un celular irónicamente con el objetivo de contactar con otras personas. Por fin, queremos compañía y nos sentimos solos o estamos engentados y buscamos alguna salida del ajetreo; no cabe duda que la humanidad es complicada.

Cuando subo las escaleras jadeando como perro con sed le doy gracias a Dios porque tengo suficiente espacio para caminar libremente; por desgracia el edén no es eterno; hay ocasiones en las que cuando  el metro está de sobrecupo o bien solo está lleno, en cualquiera de las dos opciones es mejor estar en el pasillo de las mujeres; sin importar que las mujeres también somos bien salvajes y más cuando se trata de ganar asientos (aceptémoslo señoras) el pasillo de los hombres es todavía peor,  es contradictorio pero los hombres tienen cierta atención hacia las féminas, pero cuando se trata de interactuar entre ellos es punto y aparte. Ese lado salvaje que emanan no sé si se deba a sus grados de testosterona o a que ese el único lugar donde pueden descargar su energía. Ya que no lo pueden hacer ni en casa ni en el trabajo, hasta cierto punto es terapéutico para ellos, pero demoledor para los demás.

Comparte en las redes sociales

Publicado en Columnas.